Haciendo planes

Y llegó el nuevo año, y con él los miles de planes que le van asociados… El año pasado nos prometimos a nosotros mismos que no lo volveríamos a hacer… “no, nada de planes que luego no hago nada y encima me siento mal” pero… ¿Quién puede resistirse a un buen balance de fin de año con los consiguientes? “Sí, esta vez será diferente… pienso seguir el plan a rajatabla, ha llegado el momento de cambiar las cosas… perderé peso, haré ejercicio, cambiaré de trabajo que el mío me tiene harto, me dedicaré más tiempo a mí, a lo que me gusta, comeré mejor…”

Ensalada

En el fondo nos alegramos del cambio, nos encanta tener un año entero por delante, podemos hacer borrón y cuenta nueva, empezar de nuevo, un “clean slate”, reinventarnos a nosotros mismos… ser más guapos, tener el culo más prieto y un trabajo donde se nos valore, ser más divertidos, y en fin, ser menos comunes.

Estas geniales ideas nos duran aproximadamente… 15 días… y empezamos a decir eso de “sí, sí, lo voy a hacer… mañana mismo lo hago” y mañana se convierte en pasado y así sucesivamente hasta que vamos pensando eso de “va, si de todas formas no estás tan mal, y Futanito (o Futanita) te tira igualmente los tejos independientemente de que tu culo no sea exactamente un bloque de cemento armado.” Ay, pero qué bonito es soñar…

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Y probablemente, allá por el mes de febrero, nos prometamos a nosotros mismos no volver a hacer planes de año nuevo, que luego nos decepcionamos y nos sentimos gordos y aburridos… pero no podemos evitarlo, al final caemos, siempre lo hacemos, y allá por diciembre, cuando el turrón y los excesos navideños acechen, volveremos a decir aquello de… “va, da igual, ahora para el año nuevo seguro me apunto al gimnasio…” al fin y al cabo todos somos humanos… y a todos nos gusta el turrón.

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